jueves, 28 de octubre de 2021
domingo, 29 de agosto de 2021
Bases XI Certamen de Literario Ipso facto 2021
XI Certamen de Literario Ipso facto 2021
Bases
Podrán participar todas aquellas personas cuyas edades oscilen entre 18 y 40 años, que hayan nacido y residan actualmente en Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua y no hayan ganado este certamen con anterioridad.
Los trabajos deben ser parcialmente inéditos (no más del 50%) y no estar participando en otro certamen literario; escritos en español; formato office Word (NO PDF), tamaño carta, letra Times New Roman base 12 e interlineado de 1.5. La extensión de los trabajos no debe de ser menor de 35 páginas ni mayor de 60 y debe incluir un SOlo poema o cuento por página. La temática es libre. El género es poesía y narrativa (cuento).
Los interesados deberán enviar dos archivos en formato office word (no pdf) al correo: editorialequizzero@hotmail.com, uno de estos archivos se nombrará con el título de la obra y seudónimo. En un segundo archivo, que se nombrará DATOS PERSONALES, se debe adjuntar la siguiente información: lugar y fecha de nacimiento, dirección, teléfono y correo electrónico y copia de documento de identidad (foto o escáner). Los participantes que no cumplan con estos criterios serán automáticamente eliminados.
La obra seleccionada será publicada por Editorial EquiZZero en un lapso no mayor de 10 meses a partir del fallo del jurado. El tiraje total será de 250 ejemplares por género de los cuales el 20% corresponde a cada ganador.
La recepción de obras inicia a partir de la publicación de las siguientes bases y finaliza el viernes 5 de noviembre de 2021 a las 23:59 horas. El viernes 26 de noviembre se dará a conocer una lista de 10 finalistas por cada género literario sobre los cuales se deliberará el nombre de los ganadores.
El fallo será inapelable y se dará a conocer la noche del viernes 24 de diciembre de 2021 a través de: equizzero.blogspot.com y facebook.com/EquiZZero. El certamen no podrá declararse desierto, sin embargo, si a criterio del jurado ningún trabajo cumple con la calidad que amerita se nombrara uno o más accésits, los cuales también serán publicados por esta editorial bajo un formato diferente al planteado anteriormente.
viernes, 20 de agosto de 2021
jueves, 1 de abril de 2021
El libro del carnero, Editorial EquiZZero, 2021.
Fue
el poeta argentino Oliverio Girondo quien dijo: Un libro —y sobre todo un libro de poemas— debe justificarse por sí
mismo, sin prólogos que lo defiendan o lo expliquen. El libro del carnero, de Josué Andrés Moz, es —por antonomasia— precisamente eso: un texto que no necesita ser
justificado, porque su discurso rebelde y consecuente eleva al autor muy por
encima del canon. Coherente, como todo buen escritor, Moz nos entrega una apología del dolor y la
ternura como caminos que confluyen y nos muestran nuestras propias miserias. El
libro del carnero fue uno de los finalistas del X Certamen Literario Ipso
Facto 2020 promovido por Ediorial EquiZZero y, a mi modo de ver, el mejor
logrado. El tiempo se encargará de otorgarle a este libro el lugar que le
corresponde, por lo pronto aquí esta Moz...
Omar A. Chávez
Co-editor de Editorial EquiZZero
SELECCIÓN POÉTICA
Caigo de cara sobre la página
y se derrama el Pont-Saint Espirit
desde mi cráneo.
Observo el delirio como un dios nunca
venerado
húmedo mientras yergue su escarcha
por mis venas
mientras levanta sus manos para
predecir el desastre.
Ángeles de marfil se arrodillan
frente a mi sueño
caricia vegetal cuando dicen su
herida alrededor de mi nombre.
¡Ay! de esta trenza que seremos ahora
de esta daga que respira a partir de
los cadáveres
la renuncia del ser ante el murmullo
de lo imposible.
(Ante la palabra de dios que todo lo niega)
Caída horizontal al saltar por las
ventanas
al pensarse abismo frente al
relámpago de la vida.
(Todo mi amor ahora recostado en el límite del invierno)
Escucho más allá de la ciudad
más allá de ella y su coraza
impenetrable
más allá del gemido de los neones y
las botellas
de las luces cubriendo una sinfonía
de vértebras rotas
del oxidado silbido de las balas a
través de los cuerpos
de los niños naciendo mientras el
cielo esgrime su torcida sonrisa
Afuera está mi corazón goteando
cristales sobre las cabezas de los hombres
adentro este líquido rápido que me
desdibuja el recuerdo
esta caída perpetua para crecer como
una grieta al otro lado del insomnio.
GRAFITI: ENSAYO ACERCA DE LA ORFANDAD
Ha nacido el hijo abandonado que
abandonará a sus hijos,
aquella navaja que desconocerá
lentamente todos los abrazos.
No toda muerte es pólvora en las
manos
ni cualquier nacimiento significa
olvido ante la tristeza.
Con piedras en los bolsillos y clavos
en la boca
ha nacido la muerte del niño que
pronto ha de nacer.
El amor fue olvidado en los recintos
de la fiebre.
Los besos que antes recorrieron el
vientre
son delgadas sombras en el eco de los
pasos
y toda la humedad acariciada aquella
noche
ahora es una constelación de charcos
predecibles abandonando la sonrisa.
Nada hay del viejo pesebre que
podamos admirar,
nada en la voz del padre que ha
prometido su regreso,
nada adentro de la cueva ante el
rostro y la renuncia,
ante su tercer día hecho de tanta
espera,
hecho de tantos años de moscas
enterradas en los huesos.
Esta sangre que es a la vez
hemorragia de sí misma:
dibuja en la cabeza de otro hijo
el beso que nunca le entregaron al
nacer.
CARCOMA
Mi abuela no teje sino la culpa en
los labios azules de su madre,
ella es un cementerio interminable de
noches rencorosas,
un paisaje de gaviotas que se
desploman sobre la piel de los inviernos,
una bahía de palabras cercenadas en
la boca de sus nietos.
MISTER COP
A Carla Ayala y Daniel Alemán
No necesito calzar su uniforme para
hablar de la muerte
ni conocer el oscuro abecedario que
le besa los dientes, señor policía.
Dígame entonces
qué hacemos con sus tatuajes,
dígame
dónde esconder la dentada silueta de
su miseria,
qué hacer con esa tristeza de no
poder meter sus manos bajo mi falda,
de no poder llevar mis tacones,
con esa rabia luminosa que lo hace
querer romperle los dientes a mi hermano.
Perdone, señor policía,
que sea tan directo,
perdone mi tristeza.
Perdóneme, señor policía, por no ser
uno de sus muertos,
por no sonreírle trágicamente a sus
compañeros en la patrulla,
por no estarme pudriendo en
bartolinas,
por no dejarme fabricar las pruebas
necesarias,
por no agachar la cabeza y caminar
bonito frente a su sombra
de un metro treinta, de un metro
ochenta.
Acá la noche se nos mete por los
pulmones,
acá los billetes tienen el rostro de
lo que hemos perdido.
No necesito los cuchillos,
no necesito los balazos,
no necesito verlo agitar su soledad
en el asiento del copiloto.
Míster cop-burbuja negra-the
polismen,
¿Cuántos gemidos le caben en la punta
de la bota?
¿Cuántas cicatrices dormidas lleva en
el eco de sus manos?
¿Cuántos desiertos han tejido las
arañas en la boca de su mujer?
¿Cuánta ausencia soportan los
delgados huesos de su hija?
Yo lo conozco, señor policía,
no necesita taparse el rostro para
mí,
no tiene porqué arrodillarse frente
al Cristo,
ni llevar más ceniza en su frente que
la que lleva en las manos,
no necesita demostrar que nació con
alacranes en los ojos;
yo escucho desafinar esa canción
desde que desapareció a su compañera,
yo conozco su dulce ritual de sangre,
yo sé de la potencia hidráulica de
sus mandíbulas.
No se preocupe, señor policía,
yo traigo mis propias bolsas negras
para ahorrarle el gasto
y las molestias.
BABEL
A
R.H.
Tu vientre
siempre fue una
república de lenguas predestinadas al exilio.
Tus manos
estrellas calcinadas en
la madrugada de los perros.
He aquí la oscura carne
habitando los pasillos de mi memoria.
La costra en las
rodillas
de quien se inclina
ante el recuerdo de tu sexo
como ante una catedral
que derrumbaron los años.
POSTAL
EN SEPIA
Es mediodía en mi
sangre.
Toco tu rostro para confirmar que mis dedos existen,
para reconocer mi respiración en el latido de tus labios.
Pienso en nosotros.
Aquella noche la arena
fueron mis dedos
y la espuma resbalaba
de tu vientre;
yo tenía la edad exacta
para pronunciar tu nombre,
las sílabas tejidas
como pétalos precisos alrededor de mi lengua.
Pienso en nosotros
y se apaga mi rostro.
La oscuridad es aquello
que nos dijimos
después de esa
madrugada
en que liberamos a los
cangrejos.
Josué Andrés Moz
Nació en San Salvador en 1994. Es poeta y gestor cultural. Actual egresado de la Licenciatura en Letras por la Universidad de El Salvador. Ha publicado poemas en diversas revistas literarias, así como en distintas antologías dentro y fuera de su país. Publicó Carcoma (Editorial La Chifurnia, 2017), Pesebre (Editorial La Chifurnia, 2018), Babel (Malpaso ediciones, 2020). Algunos de sus poemas han sido traducidos al inglés, italiano, árabe y francés. En los últimos años ha participado en congresos y festivales de literatura, entre ellos: l Festival Internacional de Poesía de Aguacatán (Guatemala, 2018), Primer Encuentro Centroamericano de Escritores Edilberto Cardona Bulnes (Honduras, 2018), Primer Congreso Centroamericano de Literatura (USAC, 2019) y en la trigésima edición del Festival Internacional de poesía de Medellín.
sábado, 20 de febrero de 2021
Historias dispersas, Francely Navarro, Editorial EquiZZero, 2021.
De Historias dispersas el jurado
dijo: potencia las
historias cotidianas de una manera ingeniosa, mantiene la tensión narrativa sin
forzar los relatos y utiliza elementos contextuales muy puntuales que
enriquecen el mundo fantástico que propone el autor o autora.
Como editorial EquiZZero, nos sentimos orgullos de publicar el primer
libro de Francely Navarro, hoy traemos a ustedes una selección de textos del
libro ganador.
Selección narrativa
Los hijos del pájaro
No aparece
reflejada en el mapa de Nicaragua pero ahí está... la isla Blanca, flotando
entre las aguas del mar Caribe. Alejada del bullicio de las grandes ciudades y
de las modas mediáticas.
Su población
es de apenas 380 personas. Fue descubierta en 1981 por un marino desbocado de
San Juan del Norte, que intentaba llegar a los Estados Unidos en una balsa de
bambú con tres cocos, el memorable Polio Pérez, un desventurado que pidió tres
millones de córdobas al Gobierno por su “gran” conquista del nuevo mundo.
Propuso rutas marinas, brindó descripciones del paisaje, pero jamás fue tomado
en serio porque cuando le preguntaban: ¿Cómo regresaste a tu puerto? Él
respondía: “ellos no me dejaron estar más que unas horas en sus campos, me
durmieron porque el ave perversa les dijo ¡devórenlo!, la gente blanca tuvo
compasión de mí y me enviaron en una nube dormido!”.
Polio fue
internado años después en el Hospital Psiquiátrico Nacional por alucinaciones y
comportamiento violento. En sus crisis, asesinó alrededor de 800 pájaros Güis.
Excusó sus matanzas diciendo que dichas aves eran representantes del demonio y
que los nativos estaban siendo manipulados por la apariencia inocente de sus
alas. “El pájaro del árbol de hojas azules aletea y ellos se arrodillan ante su
dios”, gritaba perturbado en los pasillos del sanatorio, una y otra vez.
Con el pasar
de los años un grupo de biólogos y geógrafos apasionados con las historias de
mundo del Güis arrumbaron en la búsqueda y lograron constatar que el pobre
Polio no mentía: la isla existía y la gente eran tan blanca como la cal.
Cuando
intentaron premiarlo por su gran hallazgo, este ya estaba afectado por los
sedativos diarios, recibió el reconocimiento con los dedos en la boca y con los
pies a rastras. Murió dos días después soñando con la tierra a la que no
volvería jamás.
***
Los intentos
por penetrar el corazón de la isla Blanca fueron muchos, cada semana los
investigadores llegaban con sus equipos a tratar de persuadir a los nativos
para que se dejaran conocer en profundidad, estos les respondían: “no se
puede”, en perfecto español y se alineaban horizontalmente para impedirles el
paso.
La única
visión que tuvieron del lugar fue la fachada; muchos árboles de laurel y
cocoteros de 30 metros de altura.
Los isleños
desde su gran barrera compartieron información básica con los científicos:
total de población, contaron que eran fieles cultivadores del pipián y que
habían nacido como semillas bajo las patas del Cierto Güis, su gran dios, el
encargado de trasladarlos por todas las dimensiones del cosmos cada 3 mil años.
Habían
llegado a las aguas del Caribe en un parpadear y así mismo desaparecerían...
sin dejar rastro.
Los asedios
en torno a la isla acrecentaron cada día, una tarde, mientras varios hombres
armados amenazaron con cruzar a la fuerza, el canto de un pájaro incorpóreo los
ensordeció y cayeron al suelo por el vértigo.
Cuenta la
leyenda que todo visitante que intentaba adentrarse en territorio albino, era
adormecido y enviado en una nube hasta su pueblo de origen.
Un año, el
Gobierno de Nicaragua mandó a un sacerdote con un discurso de paz y amor a
Dios. Los nativos filosofaron con él y lo convencieron de que el Güis era el
mismo Señor pero más cercano a sus hijos. El religioso volvió a su iglesia y
recomendó a la población que olvidaran ese lugar, pero nadie hizo caso,
siguieron embarcándose en busca de oro, en busca de inmortalidad, cegados por
la ignorancia y llenos de vanos conocimientos científicos.
La molestia
de los nativos se hizo inmensa, los cabezas de familia resolvieron viajar a
Nicaragua en sus balsas para comunicar al mundo entero que si continuaban
hostigándoles desatarían sus enojos y usarían los poderes que el gran pájaro
les había otorgado durante la creación.
Zarparon de
noche, con municiones de semillas para soportar el viaje, se despidieron de sus
mujeres e hijos y pidieron perdón al Güis por marcharse sin su consentimiento.
En tres
años, no se supo del destino de los hombres de la isla, las mujeres con sus
encantamientos ancestrales lograron invisibilizar el territorio para que ningún
curioso llegara a molestarlas.
Diariamente
adoraban al Güis y terminaron creyendo que sus compañeros planificaron la huida
para deshacerse de ellas. Se organizaron para cuidar
los cultivos, se convirtieron en hábiles pescadoras y cuidaron de sus hijos de
los peligros de la noche. La líder de todas era la veterana Aiko, se
encargaba de las pláticas con el ave a la orilla del manantial fecundador.
Cuenta la
historia que en el reino albino las mujeres no quedaban embarazadas por
contacto sexual, no conocían el placer carnal ni los dolores de parto, sus
hijos nacían mientras ellas dormían, cubiertos de un plumaje vistoso.
La falta de
pareja no les resultaba un martirio, sus cuerpos no sentían el anhelo de las
caricias, no deseaban ser tocadas ni besadas. Eran perfectas criaturas
asexuales. Bellezas del color de la leche, de cuerpos definidos y cabellos
entre dorados y rojizos.
Todo
permaneció invariable, hasta que las corrientes arrastraron al moribundo de la
balsa rota, Pelayo, un hombre barbado y del color del chocolate, originario de
Puerto Cabezas. Al parecer su barco había naufragado hacía un tiempo y las
corrientes lo llevaron derechito a los pies de las divinas hembras albinas.
“¿Quién es?
¿Está muerto? ¿Lo ayudamos?”, se preguntaban entre susurros. Aiko recomendó
dejarlo entrar, pues el pájaro había puesto sus ojos en él.
Lo
atendieron con esmero, lo alimentaron con semillas del árbol azul y, de
repente, el forastero empezó a andar. Sintió asombro por la belleza de la isla,
pero nada le impactó más que verse rodeado de tantas mujeres semidesnudas.
Ninguna notó la lujuria de sus ojos, la constante rigidez de su cuerpo al verlas
andar, correr, trabajar.
Una noche,
la tribu se reunió para cantarle al Güis desde el manantial de la fecundidad,
todas entraron a las aguas, el marino malandrín se quedó oculto tras unos
arbustos, mas luego decidió mostrarse e interrumpir el ritual sagrado. Entró
a las aguas vestido y les dijo: “yo soy el Güis que vino a librarlas de la
soledad”. Todas se asustaron ante la noticia, pero eran demasiado ingenuas como
para entender las artimañas de aquel hombre libidinoso.
Por primera vez fueron
tocadas con morbo, Aiko fue la iniciadora y después de sentir los cosquilleos y
el calor en sus entrañas sugirió a sus hermanas que experimentaran. Y así
pasó... así dejaron de ser las mujeres intocables. El visitante las poseyó una
a una cada noche y el despertar sexual les dominó como a jovencitas que
conocieron a su primer amor.
Descuidaron
los pipianes, la pesca, los hijos, todo por vivir el ardor de sus carnes
desenfrenadamente.
Con el paso
de los meses, Pelayo empezó a cansarse de la rutina, su cuerpo le dijo ¡Basta!.
Ya no le antojaba estar con nadie. Se ocultaba en la copa de los árboles, hacía
huecos en la arena, pero nada funcionó. Una mañana amaneció muerto, desnudo y
seco como un pescado al sol. No soportó la intensidad de sus amantes.
Las mujeres
lo lanzaron al mar con tristeza, era el único hombre al que habían amado. Lo
lloraron por varios días hasta que se enteraron de que algo extraño les crecía
en el vientre. Llegaron a la conclusión de
que eran trozos del espíritu de Pelayo y cualquier día saldrían al
exterior. Efectivamente, nueve meses después lograron conocer los trozos
del alma de su amado, niños color chocolate y con sonrisas blancas.
Cuando los
hombres albinos llegaron por ellas para llevarlas a la urbanización que el
Gobierno de Nicaragua les había edificado, encontraron a 95 niños color de
aceituna corriendo entre las aguas.
Al preguntar
¿Cómo nacieron ellos? Las mujeres, que derrochaban una sensualidad
perturbadora, respondieron: “son hijos de la espera, son hijos del pájaro, pero
nosotras ya no somos las que fuimos, elegimos sentir como humanas, si todavía
son aquellos insensibles no nos servirán, pueden irse”, los hombres corrieron a
abrazarlas. El Güis desde su nido estuvo conforme, aleteó dos veces y todos
desaparecieron sin dejar rastro.
La de mil
amores
Cambió
camino por temor a perderse y un día inesperado se enamoró
El viejo
Lato Robinson era maestro de universidades y fiel lector de las novelas
griegas. Cuando miró el rostro de su hija por primera vez no dudó en nombrarla
¡Helena!... “La de la hermosa cabellera”.
Laura, madre
de la niña y con fama de bruja en Diriomo no se opuso a la decisión de su
esposo, pero le recordó que los nombres muchas veces indicaban el destino de
las personas y en este caso, la Helena de la historia, había sido manzana de
discordia.
No pasó
mucho tiempo para que se comprobara la teoría de los destinos. Laura empezó a
notar un espíritu rebelde y hambriento pegado en el aura de su pequeña. Intentó
desprendérselo con oraciones, especias y todo tipo de reprensiones, pero todo
fue en vano. La entidad se había sujetado fuertemente a ella y empezaba a
causar problemas.
El viejo
Lato jamás creyó tal cosa. Para un letrado como él, esas creencias solo eran
parte del realismo mágico de Latinoamérica. Su manera de pensar fue invariable,
pero su muerte imprevista marcó la vida de su hija para siempre. Una mañana de
octubre, en plena tormenta Nate, el viejo sabihondo encontró a su hija
besándose con un muchacho, se encolerizó tanto que sufrió un infarto. Murió de
inmediato.
Cuando Laura
se enteró de las circunstancias en las que falleció su marido atribuyó la
desgracia al supuesto espíritu siniestro que dominaba a Helena, “sos la única
culpable. No quiero a un ser tan perverso como hija”. El odio de la mujer
creció tanto que decidió entregarla a un convento e irse a Costa Rica para
alejarse de la maldición de su vientre.
***
La vida
lejos del oscuro mundo de su progenitora le resultó a Helena un alivio. Le
gustaba visitar la biblioteca. Jugar con el perro que cuidaba los dormitorios
de las monjas. Mujeres de sangre calma que nunca habían admirado su feminidad
frente al espejo. Todo muy contrario a ella. La niña precoz, que a sus 14 años
ya contaba con una imaginación desbordada.
Las
religiosas por supuesto notaron las inquietudes de la joven y resolvieron
inculcarle hábitos de adoración al Creador. Rezaban para salvar su inocencia
estropeada y el ritual brindó paz por un tiempo.
Una noche,
presa de la sed, Helena despertó, se encaminó al fregadero y escuchó un ruido
extraño proveniente del altar de La Dolorosa. Curiosa, fue a ver de qué se
trataba y descubrió a dos ladrones que querían robar el baúl de las limosnas.
Les siguió la pista en silencio hasta sorprenderlos.
De
inmediato, todo el gremio se puso en pie. Gracias a la joven el dinero
recaudado por largos meses para la construcción de la nueva ermita en la
comunidad estaba intacto. Los malandrines se llenaron de resentimiento contra
Helena y la maldijeron muchas veces antes de salir derrotados de la casa santa.
***
A los 20
años, Helena era toda una experta en letras y teología gracias a las clases
impartidas por el sacerdote. Diariamente, se encerraban en una habitación a
devorar libros y practicar el latín.
En ese lapso
hubo muchos murmullos por parte del cuerpo religioso. Las monjas se enteraron
de que su padre había muerto al verla besarse con un joven y también que su
madre la había abandonado sin ninguna lástima. Otra de las habladurías de las
religiosas era que Helena todas las noches se citaba con alguien distinto en
los jardines traseros del convento.
Los chismes
por supuesto tenían ciento por ciento de verdad. La belleza de la muchacha
había seducido a casi todos los hombres del pueblo y el templo estaba cayendo
de tantas visitaciones. “Sos confusión niña”, decían las novicias cada vez que
esta llegaba a sus 'cárceles habitacionales' a limpiar.
Cuando
Helena dejó el convento, todos la despidieron con simpleza. Nadie sospechó lo
que tenía en mente. Al mes, la Policía llegó en busca del sacerdote, ella había
puesto una denuncia en su contra. Le acusó de vender indulgencias, o sea,
comercializar el perdón y la entrada al paraíso como lo hacían en tiempos de
Lutero.
Las
investigaciones comprobaron tal inculpación gracias a las pruebas presentadas
por los enamorados de la vivísima. Sus reuniones diarias resultaron como
esperaba, los había entrenado para mentir. ¿Qué les prometió a cambio? No se
sabe. Pero la mentira fue creída por las autoridades más altas.
El caso de
Helena fue bien sonado en todas las televisoras del país. Se supo que gracias
al gobierno, mejoró su calidad de vida, adquirió una casa y mucho dinero. En
poco tiempo estuvo gozando de los frutos de su viveza. Se había aceptado
malintencionada como nunca antes.
***
Su vida
solitaria le permitió tener muchos amores. Tuvo pasiones semanales, semestrales,
anuales, pero, jamás se quedó con ningún hombre por temor a perder su libertad.
Esa impunidad que había desarrollado en la vida después de ser satanizada desde
la infancia.
Poco a poco
se fue convirtiendo en un ícono de belleza e inteligencia en el país. Llegó a
influenciar a presidentes y hombres de arte. Su madre regresó a buscarla cuando
se enteró de su gloria y buena condición económica. La pequeña niña precoz, la
abandonada, la bandida del convento, la mujer de mil amores, era capaz de asumir
su naturaleza y ser feliz a toda costa.
El
desenfreno de su vida casi se detuvo cuando conoció a Róger, el carpintero. Su
madre en sus supersticiones le recomendó tomarlo como marido debido a su
vocación santísima. “Jesús también fue carpintero, las cartas dicen que te hará
feliz”, le decía, pero Helena hacía caso omiso a las adivinaciones, actuaba por
impulso. Y también lo dejó ir pasado un tiempo.
***
Con el paso
de los años, después de haber cambiado tanto de camino, después de haber
derretido a tantas personas con sus llamas. Encontró a José, otro de su
especie, un viajero sin morada. Un hombre igual de complejo que borraba su
pasado a cada instante y que le enmarañó la vida.
Lo conoció
en una ponencia del empoderamiento femenino. Él le dijo desde su asiento que no
era su dominio del tema lo que más le impactaba. Sino sus olores. En la sala se
hizo silencio, Helena sonrió. Había encontrado, según ella, al hombre con quien
podría guerrear y errar por el mundo sin problemas.
Del dicho al
hecho fue todo un embrollo. Una mujer acostumbrada a tener a sus pies a todos
los hombres que quería ahora tenía que seguir la pista de un desconocido. Uno
que se había peleado con la fidelidad desde antaño. Un incorregible que no
quería más que unas cuantas noches de locura.
El
encontronazo con la situación le resultó duro. Su madre le hizo unos ungüentos
contra el mal de amor, contra la inestabilidad, pero todo fue en vano. Se había
enamorado de un bandido, un hombre que lograba descifrar todas sus artimañas
con solo verla a los ojos.
Después de haber sido la
reina de las trampas y los acertijos, se convirtió en la que esperaba, la que
escuchaba en silencio una filosofía de vida libre que ya antes había practicado
al pie de la letra. Una noche, desesperada por la soledad, le dijo a su madre
que quería tener a ese hombre a como fuera. La anciana le dijo que fuera al
mercado a buscar unas hojas de albahaca y unas velas azules. Helena condujo veloz.
Cuando ya tenía los encargos retornó a casa, pero la muerte le asaltó en forma
de camión sin frenos. Murió al instante del accidente.
Cuenta la
historia que a su funeral llegaron más de tres mil personas. La mayoría
hombres. Todos lloraron inconsolablemente por cinco días a la mujer que habían
amado tanto. Contaron cómo la habían conocido y entre las contiendas resaltaron
las frases: “Yo fui su gran amor”, “ella me amó más que a todos”, “yo fui el
primero en su vida”, “jamás la olvidaré”.
Así fue...
nadie lograría olvidar tanta libertad y belleza andante. Solo un hombre, el
único que no llegó a llorarla ni a rendirle honores; José... el hombre de su
especie, el viajero sin morada.
Francely Navarro
Nació en Managua Nicaragua el 8 de mayo de 1994, estudió Filología y Comunicación en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN-Managua), realizó diplomado en comunicación y derechos humanos en la Universidad Juan Paulo II, ha escrito para revistas empresariales, el Diario La Prensa Nicaragua, ha sido editora de la versión dominical del Periódico/Revista HOY y actualmente trabaja en el Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (CENIDH). Su obra poética y narrativa a la fecha sigue siendo inédita.







